|
La vida y la salud física
son bienes preciosos confiados por Dios. Debemos cuidar
de ellos racionalmente teniendo en cuenta las necesidades
de los demás y el bien común.
La moral exige el respeto a la vida
corporal, pero no hace de ella un valor absoluto.
Se opone a una concepción neopagana que tiende
a promover el culto del cuerpo, a sacrificar todo
a él, a idolatrar la perfección física
y el éxito deportivo. Semejante concepción,
por la selección que opera entre los fuertes
y los débiles, puede conducir a la perversión
de las relaciones humanas.
La virtud de la templanza conduce a
evitar toda clase de excesos, el abuso de la comida,
del alcohol, del tabaco y de las medicinas.
Catecismo de la
Iglesia Católica 2288-2290
No es lícito al
hombre despreciar la vida corporal, sino que, por
el contrario, tiene que considerar su cuerpo bueno
y digno de honra, ya que ha sido creado por Dios y
que ha de resucitar en el último día.
GS 14, 1
|