Rezar
en familia
I.
Jesús manifiesta con frecuencia que la salvación
y la unión con Dios es, en último extremo,
asunto personal: nadie puede sustituirnos en el trato
con Dios. Pero Él también ha querido
que nos apoyemos unos en otros y nos ayudemos en el
caminar hacia la meta definitiva. Esta unión,
tan grata al Señor, se ha de poner especialmente
de manifiesto entre aquellos que tienen los mismos
vínculos de espíritu o de la sangre.
Esta unidad, que exige poner en juego tantas virtudes,
es tan deseada por el Señor, que ha prometido,
como un don especial, concedernos más fácilmente
aquello que le pidamos en común. Así
lo leemos en el Evangelio de la Misa: Os aseguro que
si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra
sobre cualquier cosa que quieran pedir, mi Padre que
está en los Cielos se lo concederá.
Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí
estoy Yo en medio de ellos.
La Iglesia ha vivido desde siempre la práctica
de la oración en común, que no se opone
ni sustituye a la oración personal privada
por la que el cristiano se une íntimamente
a Cristo. Muy grata al Señor es, de modo particular,
la oración que la familia reza en común;
es uno de los tesoros que hemos recibido de otras
generaciones para sacar abundante fruto y transmitirlo
a las siguientes. «Hay prácticas de piedad
-pocas, breves y habituales- que se han vivido siempre
en las familias cristianas, y entiendo que son maravillosas:
la bendición de la mesa, el rezo del Rosario
todos juntos (...), las oraciones personales al levantarse
y al acostarse. Se tratará de costumbres diversas,
según los lugares; pero pienso que siempre
se debe fomentar algún acto de piedad, que
los miembros de la familia hagan juntos, de forma
sencilla y natural, sin beaterías.
»De esa
manera, lograremos que Dios no sea considerado un
extraño, a quien se va a ver una vez a la semana,
el domingo, a la iglesia; que Dios sea visto y tratado
como es en realidad: también en medio del hogar,
porque, como ha dicho el Señor, donde están
dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy
yo en medio de ellos (Mt 18, 20)».
«Esta plegaria
-enseña el Papa Juan Pablo II, comentando este
pasaje del Evangelio- tiene como contenido "la
misma vida de familia" alegrías y dolores,
esperanzas y tristezas, nacimientos y cumpleaños,
aniversarios de la boda de los padres, partidas, alejamientos
y regresos, elecciones importantes y decisivas, muertes
de personas queridas, etc., señalan la intervención
del amor de Dios en la historia de la familia, como
deben también señalar el momento favorable
de acción de gracias, de petición, de
abandono confiado de la familia al Padre común
que está en los cielos. Además, la dignidad
y responsabilidad de la familia cristiana en cuanto
Iglesia doméstica solamente pueden ser vividas
con la ayuda incesante de Dios, que será concedida
sin falta a cuantos la pidan con humildad y confianza
en la oración».
La plegaria en
común comunica una particular fortaleza a la
familia entera. La primera y principal ayuda que prestamos
a los padres, a los hijos, a los hermanos, consiste
en rezar con ellos y por ellos. La oración
fomenta el sentido sobrenatural, que permite comprender
lo que ocurre a nuestro alrededor y en el seno de
la familia, y nos enseña a ver que nada es
ajeno a los planes de Dios: en toda ocasión
se nos muestra como un Padre que nos dice que la familia
es más suya que nuestra. También en
aquellos sucesos que sin estar, cerca de Él
serían incomprensibles: la muerte de una persona
querida, el nacimiento de un hermano minusválido,
la enfermedad, la estrechez económica... Junto
al Señor, amamos su santa voluntad, y las familias,
lejos de separarse, se unen más fuertemente
entre sí y con Dios.
II. Si alguno
no cuida de los suyos y principalmente de su casa,
ha negado la fe y es peor que un infiel, escribe San
Pablo a Timoteo, recordando la obligación que
todos tenemos hacia aquellos que el Señor nos
ha encomendado. Una de las principales obligaciones
de los padres con respecto a sus hijos -también,
en ocasiones, de los hermanos mayores con los más
pequeños- es la de enseñarles en la
infancia los modos prácticos de tratar a Dios.
Esta tarea es de tal necesidad que es casi insustituible.
Con los años, estas primeras semillas siguen
dando sus frutos, quizá hasta la misma hora
de la muerte. Para muchos, éste ha sido su
bagaje espiritual, del que se han servido en la adolescencia
y cuando ya han pasado los años de la madurez.
«La Sagrada Escritura nos habla de esas familias
de los primeros cristianos -la Iglesia doméstica,
dice San Pablo (1 Cor 16, 19)-, a las que la luz del
Evangelio daba nuevo impulso y nueva vida.
»En todos
los ambientes cristianos se sabe, por experiencia,
qué buenos resultados da esa natural y sobrenatural
iniciación a la vida de piedad, hecha en el
calor del hogar. El niño aprende a colocar
al Señor en la línea de los primeros
y más fundamentales afectos; aprende a tratar
a Dios como Padre y a la Virgen como Madre; aprende
a rezar, siguiendo el ejemplo de sus padres. Cuando
se comprende eso, se ve la gran tarea apostólica
que pueden realizar los padres, y cómo están
obligados a ser sinceramente piadosos, para poder
transmitir -más que enseñar- esa piedad
a los hijos».
La familia cristiana
ha sabido transmitir, de padres a hijos, oraciones
sencillas y breves, fácilmente comprensibles,
que forman el primer germen de la piedad: jaculatorias
a Jesús, a Nuestra Madre Santa María,
a San José, al Ángel de la Guarda...
Oraciones de siempre, mil y mil veces repetidas en
los hogares cristianos de toda época y condición.
Los hijos aprenden pronto estas enseñanzas
y oraciones que ven hechas vida en sus padres. Cuando
son un poco mayores, han asimilado e incorporado el
sentido de la bendición de la mesa, de dar
gracias después de haber comido, el ofrecer
a la Virgen algo que les cuesta.... saludar con un
beso o una mirada a las imágenes de Nuestra
Madre, acudir a su Ángel Custodio al entrar
o salir de casa...
¡Cuántos
niños, ahora hombres y mujeres, recuerdan con
emoción la explicación, sencilla pero
exacta, que les dio su madre o su hermano mayor de
la presencia real de Cristo en el Sagrario! ¡O
la primera vez que vieron a su madre pedir por una
necesidad urgente, o a su padre hacer con piedad una
genuflexión reverente! Rezar en una familia
en la que Cristo está presente debe ser natural,
porque Él es un personaje más de la
casa, al que se ama sobre todas las cosas.
Precisamente cuando
el ambiente sea menos favorable para la oración
y la piedad, hemos de conservar como un tesoro mayor
estas prácticas que hacen más fuerte
el mismo amor humano y nos acercan más a nuestro
Padre Dios.
III. Ubi caritas
et amor, Deus ibi est, «donde hay caridad y
amor, allí está Dios», canta la
Liturgia del Jueves Santo. Cuando los cristianos nos
reunimos para orar, entre nosotros se encuentra Cristo,
que escucha complacido esa oración fundamentada
en la unidad. Así hacían también
los Apóstoles: Perseveraban unánimes
en la oración, con las mujeres y con María,
la Madre de Jesús. Era la nueva familia de
Cristo.
La plegaria familiar
por excelencia es el Santo Rosario. «La familia
cristiana -enseña el Papa Juan Pablo II- se
encuentra y consolida su identidad en la oración.
Esforzaos por hallar cada día un tiempo para
dedicarlo juntos a hablar con el Señor y a
escuchar su voz. ¡Qué hermoso resulta
que en una familia se rece, al atardecer, aunque sea
una sola parte del Rosario!
»Una familia
que reza unida, se mantiene unida; una familia que
ora, es una familia que se salva.
» ¡Actuad
de manera que vuestras casas sean lugares de fe cristiana
y de virtud, mediante la oración rezada todos
juntos!».
Al comenzar a
rezar el Santo Rosario en un hogar, quizá al
principio sólo lo hagan los padres; después
se unirá un hijo, la abuela... Unas veces se
podrá rezar durante un viaje en coche, o bien
se establecerá una hora de común acuerdo;
quizá, en algunos países, antes de cenar
o inmediatamente después... El Rosario y el
rezo del Ángelus -señalaba en otra ocasión
el Pontífice- «deben ser para todo cristiano
y aún más para las familias cristianas
como un oasis espiritual en el curso de la jornada,
para tomar valor y confianza». « ¡Ojala
resurgiese la hermosa costumbre de rezar el Rosario
en familia!».
La
Iglesia ha querido conceder innumerables gracias e
indulgencias cuando se reza el Santo Rosario en familia.
Pongamos los medios necesarios para fomentar esta
oración tan grata al Señor y a su Madre
Santísima, y que es considerada como «una
gran plegaria pública y universal frente a
las necesidades ordinarias y extraordinarias de la
Iglesia santa, de las naciones y del mundo entero».
Es un buen soporte en el que se apoya la unidad familiar
y la mejor ayuda para hacer frente a sus necesidades.
Por Pbro. Dr. Francisco Fernández Carvajal
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