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“La íntima
comunidad de vida y amor conyugal, fundada por el
Creador y provista de leyes propias, se establece
sobre la alianza del matrimonio… un vínculo
sagrado… no depende del arbitrio humano. El
mismo Dios es el autor del matrimonio”
Dios ha creado al hombre por amor,
lo ha llamado también al amor, vocación
fundamental e innata de todo ser humano. Porque el
hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (Gn.
1,27), que es Amor (1Jn. 4, 8.16). Habiéndolos
creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos
se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible
con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy
bueno, a los ojos del Creador (Gn. 1, 31). Y este
amor que Dios bendice es destinado a ser fecundo y
a realizarse en la obra común del cuidado de
la creación. «Y los bendijo Dios y les
dijo: “Sed fecundos y multiplicaos, y llenad
la tierra y sometedla” (Gn. 1, 28)».
La Sagrada Escritura afirma que el
hombre y la mujer fueron creados el uno para el otro:
«No es bueno que el hombre esté solo».
La mujer «carne de su carne», es decir,
su otra mitad, su igual, la criatura más semejante
al hombre mismo, le es dada por Dios como un «auxilio»,
representando así a Dios que es nuestro «auxilio»
(Sal. 121, 2). «Por eso deja el hombre a su
padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen
una sola carne (Gn. 2, 18-25)».
El
consentimiento por el que los esposos se dan y se
reciben mutuamente es sellado por el mismo Dios (Mc.
10, 9). De su alianza «nace una institución
estable por ordenación divina, también
ante la sociedad». La alianza de los esposos
está integrada en la alianza de Dios con los
hombres: «el auténtico amor conyugal
es asumido en el amor divino».
Por tanto, el vínculo matrimonial
es establecido por Dios mismo, de modo que el matrimonio
celebrado y consumado entre bautizados no puede ser
disuelto jamás. Este vínculo que resulta
del acto humano libre de los esposos y de la consumación
del matrimonio es una realidad ya irrevocable y da
origen a una alianza garantizada por la fidelidad
de Dios. La Iglesia no tiene poder para pronunciarse
contra esta disposición de la sabiduría
divina.
«En su modo y estilo de vida,
[los cónyuges cristianos] tienen su carisma
propio en el Pueblo de Dios». Esta gracia propia
del sacramento del Matrimonio está destinada
a perfeccionar el amor de los cónyuges, a fortalecer
su unidad indisoluble. Por medio de esta gracia «se
ayudan a santificarse con la vida matrimonial conyugal
y en la acogida y educación de los hijos».
Cristo es la fuente de esta gracia.
«Pues de la misma manera que Dios en otro tiempo
salió al encuentro de su pueblo por una alianza
de amor y fidelidad, ahora el Salvador de los hombres
y Esposo de la Iglesia, mediante el sacramento del
matrimonio, sale al encuentro de los esposos cristianos».
Permanece con ellos, les da la fuerza de seguirle
tomando su cruz, de levantarse después de sus
caídas, de perdonarse mutuamente, de llevar
unos las cargas de los otros (Ga. 6, 2), de estar
«sometidos unos a otros en el temor de Cristo»
(Ef. 5, 21) y de amarse con un amor sobrenatural,
delicado y fecundo. En las alegrías de su amor
y de su vida familiar les da, ya aquí, un gusto
anticipado del banquete de bodas del Cordero:
«¿De dónde
voy a sacar la fuerza para describir de manera satisfactoria
la dicha del matrimonio que celebra la Iglesia, que
confirma la ofrenda, que sella la bendición?
Los ángeles lo proclaman, el Padre Celestial
lo ratifica… ¡Qué matrimonio el
de dos cristianos, unidos por una sola esperanza,
un solo deseo, una sola disciplina, el mismo servicio!
Los dos hijos de un mismo Padre, servidores de un
mismo Señor; nada los separa, ni en el espíritu
ni en la carne; al contrario, son verdaderamente dos
en una sola carne. Donde la carne es una, también
es uno el espíritu» (Tertuliano, ux.
2, 9, cf FC 13).
El
amor conyugal exige de los esposos, por su misma naturaleza,
una fidelidad inviolable. Esto es consecuencia del
don de sí mismos que se hacen mutuamente los
esposos. El auténtico amor tiende por sí
mismo a ser algo definitivo, no algo pasajero. «Esta
íntima unión, en cuanto donación
mutua de dos personas, como el bien de los hijos exigen
la fidelidad de los cónyuges y urgen su indisoluble
unidad»
Catecismo de la
Iglesia Católica 1603-1605, 1639-1642 y 1646
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