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«Por su naturaleza
misma, la institución misma del matrimonio
y el amor conyugal están ordenados a la procreación
y a la educación de la prole y con ellas son
coronados como su culminación»:
Los hijos son, ciertamente, el don más
excelente del matrimonio y contribuyen mucho al bien
de sus mismos padres.
La fecundidad del amor conyugal se extiende
a los frutos de la vida moral, espiritual y sobrenatural
que los padres transmiten a sus hijos por medio de
la educación. Los padres son los principales
y primeros educadores de sus hijos. En este sentido,
la tarea fundamental del matrimonio y de la familia
es estar al servicio de la vida.
La comunidad conyugal está establecida
sobre la alianza y el consentimiento de los esposos.
El matrimonio y la familia están ordenados
al bien de los cónyuges, a la procreación
y a la educación de los hijos.
“La salvación de la persona
y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente
ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y
familiar”
Los hijos deben a sus padres respeto,
gratitud, justa obediencia y ayuda. El respeto filial
favorece la armonía de toda la vida familiar.
Los padres son los primeros responsables
de la educación de sus hijos en la fe, en la
oración y en todas las virtudes. Tienen el
deber de atender, en la medida de lo posible, las
necesidades materiales y espirituales de sus hijos.
Los padres deben respetar y favorecer
la vocación de sus hijos. Han de recordar y
enseñar que la vocación primera del
cristiano es la de seguir a Jesús.
Catecismo de la
Iglesia Católica 1652-1653, 2249-2253
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