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Por
Francisco Lucas Mateo Seco
«Al
atardecer se levantará para ti una especie
de luz meridiana,
y cuando creyeres que estás acabado, te levantarás
cual estrella matinal. Estará lleno de confianza
por la esperanza que te aguarda»
(Job 11, 17-18)
SER ANCIANO implica
haber vivido una prolongada existencia, encontrarse
al final de un largo viaje, quizá demasiado
cansado. La ancianidad es también tiempo de
despedidas. Las cosas y los afanes le van dejando
a uno. También la gente querida que ha partido
antes que nosotros. Con frecuencia, como recuerda
Ovidio, se siente el abandono de quienes más
nos debían. La ancianidad es antesala natural
de la muerte y del juicio divino; antesala, según
el plan de Dios, del gozo y descanso eternos. Pero
no se puede olvidar que la ancianidad pertenece todavía
al tiempo del peregrinaje terreno. Es, por tanto,
tiempo de prueba, tiempo de hacer el bien, tiempo
de labrar nuestro destino eterno, tiempo de siembra.
No puede concebirse la vejez como una época
fácil de nuestra vida. A los trabajos propios
del peregrinaje sobre la tierra —eso es la vida
humana— se suman la progresiva pérdida
de fuerzas, la inercia de cuanto se ha obrado anteriormente,
los característicos defectos de la vejez contra
los que es necesario luchar, los inconvenientes que
plantea este siglo nuestro tan inhumano.
Es inevitable
envejecer; pero no se puede ser buen anciano —y
son tan necesarios— sin mucha gracia de Dios
y sin una continua lucha personal. Por ello, la vejez,
que es tiempo de serena recogida de frutos, puede
ser también tiempo de naufragios. Se atribuye
al general De Gaulle esta descripción amarga
de la ancianidad: «La vejez es un naufragio.»
La frase debe calificarse en ocasiones como de muy
justa. No es sólo un naufragio de las fuerzas
físicas o una disminución paulatina
de las mismas fuerzas morales: inteligencia y voluntad.
Es un naufragio de todo el hombre. Digamos que en
la vejez puede revelarse con todas sus fuerzas —y
sin piadosas vendas que lo oculten—el naufragio
de toda una vida. Tantas veces el estrepitoso derrumbamiento
moral de la vejez muestra que se naufragó en
la adolescencia, en la juventud, en la madurez. Metido
en la corriente de la vida, se intentó almacenar,
como el cocodrilo, las pequeñas piezas cobradas
en sórdidas cacerías, y el paso del
tiempo lo único que hace es difundir su olor
a podrido.
En oposición
a la adolescencia —que es tiempo de promesas
y de esperanzas, tiempo en que el ensueño desdibuja
los perfiles de las cosas y de las acciones—,
la ancianidad es tiempo de recuento, de verdad desnuda,
de examen de conciencia. Y aquí radica no poco
de su utilidad y de su grandeza. Digamos que la misma
debilidad de la vejez es su mayor fuerza y, a una
mirada cristiana, uno de sus principales encantos.
Y no es que sea
aceptable la concepción heideggeriana del hombre
como un ser-para-la-muerte, un ser que alcanzase su
realización en la propia destrucción.
Quédese esto para quienes conciben al hombre
como un ser vomitado con la amargura de quien se cree
hijo del azar y no de una omnipotente y amable sabiduría
creadora. E1 hombre no es fruto del azar. Su misma
estructura material ha sido delineada por la sabiduría
amorosa del Creador; infundióle Dios un alma
inmortal, capaz de conocer y de amar trascendiendo
lo efímero, capaz de desear una vida y un amor
eternos. El hombre fue creado para vivir, y no para
envejecer o morir.
Y. sin embargo,
la misma debilidad de la vejez —que es un mal,
en cuanto que es carencia de vida— es su mayor
fuerza. Lejanos ya los sueños de la adolescencia
y los delirios de la juventud, el anciano puede enfrentarse
a la verdad con una sobriedad y con un realismo superiores
a los de las demás épocas de la vida.
Se hace así más fácil descubrir
con una nueva nitidez lo que es importante y lo que
es intrascendente, distinguir lo fugaz de lo que permanece.
La ancianidad pertenece al ciclo vital humano. Antesala
de la muerte, la vejez prepara para el encuentro definitivo
con Dios, para ese juicio divino que va a recaer sobre
toda nuestra existencia.
La debilidad inherente
a la vejez ayuda a despojarse de todo vano afán,
de toda estúpida soberbia. Si a lo largo de
la existencia el hombre superficial ha podido olvidarse
de su humilde origen, de que ha sido hecho, de que
es una débil criatura, la vejez le otorga una
oportunidad inmejorable para volver al sentido común,
a la contemplación de las realidades elementales.
La ancianidad facilita el cumplimiento de aquella
primera regla del ideal apolíneo —conócete
a ti mismo—, expresión que en su sentido
inicial quería decir: conoce tus limitaciones,
tu condición mortal respecto a los inmortales,
para que no te rebeles contra ellos. En definitiva,
es buena época la ancianidad para que Dios
siga colmando aquel deseo suplicante que formulaba
San Agustín: Domine, noverim me, noverim te;
que me conozca a mí, que te conozca a Ti, Señor.
La ancianidad
es tiempo de recoger frutos y tiempo de siembra. Siendo
un mal, Dios la ha permitido, porque de ella pueden
surgir bienes superiores. E1 dolor, la soledad, la
sensación de impotencia, se convierten —tantas
veces— en imprescindible colirio para curar
los ojos del alma y abrirlos a las realidades trascendentes.
También la ancianidad está bajo la mano
providente y amorosa de nuestro Padre Dios.
La medicina divina
es enérgica, pero el hombre sigue siendo hombre
y libre: puede no aprovecharla. Es posible que quien
naufragó a lo largo de toda su vida naufrague
también en esta última época,
ya cercana la última batalla entre el pecado
y Dios, en que se juega la suerte eterna. El proceso
de involución, que se inició con el
primer pecado y que ha podido irse acelerando —generalmente
por la pereza y la soberbia—, puede seguir avanzando,
y la egolatría terminar en un lamento estéril
por el ídolo caído. Se avanzaría
así, casi inexorablemente, hacia el endurecimiento
total del corazón, precursor del infierno.
Y es que la ancianidad, como toda época de
la vida, puede ser bien vivida o mal vivida; pero
es una época quizá fatigosa —¿cuál
no lo es?—, en la que Dios nos espera, nos asiste,
llama a la puerta de nuestro corazón, y en
la que tiene más importancia de lo que a veces
sospechamos la respuesta de nuestras libres decisiones.
No es la vejez
una época vacía o inútil. Es
época de lucha ascética, de heroísmo,
de santidad. A pesar de la decadencia física,
la gracia de Dios rejuvenece el alma con fuerzas sobrenaturales,
hacienda la santidad tan asequible como en la adolescencia.
Pero decíamos
que, a una mirada cristiana, la ancianidad tiene un
encanto especial, como la niñez, la enfermedad
o la pobreza. En efecto, si cada hombre es Cristo,
los débiles lo son especialmente. Dios, que
es misericordioso con todas sus criaturas, siente
una ternura especial por las más desamparadas.
Los enfermos, los niños, los ancianos son de
una forma especial el mismo Cristo que nos sale al
encuentro. Resuenan con fuerza eterna aquellas palabras
del Maestro en la descripción del juicio final:
«Venid, benditos de mi Padre, entrad a poseer
el reino que os está preparado desde el principio
del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer;
tuve sed, y me disteis de beber (...); estaba desnudo,
y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; (...)
En verdad os digo, cuantas veces se lo habéis
hecho a uno de los más pequeños de estos
mis hermanos, a mí me lo habéis hecho»
(Mt. 25, 34-40)
Los ancianos constituyen
en realidad una parte importante del tesoro humano
y sobrenatural de la humanidad entera. La picaresca
de un mundo deshumanizado —precio inherente
al ateísmo— se esfuerza en poner de relieve
que los ancianos son una carga, subrayando sus defectos.
A este triste materialismo hedonista sólo hay
un yugo que no le parece insoportable: la esclavitud
a placeres desnaturalizados en un frenesí cada
vez más insaciable.
No es verdad que
los ancianos sean inútiles o constituyan una
carga difícil de soportar, aunque a veces su
misma debilidad material les convierta en ocasión
de que los hombres y la sociedad entera practiquen
con ellos la virtud de la caridad en cumplimiento
de unas dulces obligaciones que, casi siempre, dimanan
de estricta justicia. ¡Ellos, en cambio, aportan
tantas cosas con su presencia! Nos dieron mucho, cuando
se encontraban en plena fuerza; nos lo dan ahora,
en el ocaso de su vida, con su presencia venerable,
con su sufrimiento silencioso, con su palabra acogedora.
Privar a la humanidad de los ancianos sería
tan bárbaro como privarle de los niños.
Dios cuenta con los ancianos para el bien de todos
nosotros. Ellos son útiles en tantas cosas
humanas; son útiles, sobre todo, en el aspecto
sobrenatural. Forman parte del Cuerpo Místico
de Cristo, que es la Iglesia, y lo enriquecen con
su santidad, con su oración, con sus sacrificios.
Si ninguna vida es inútil a los ojos de Dios,
mucho menos puede serlo la de aquellos que sufren
física o moralmente. Estas vidas, en las que
se refleja con especial vigor la Cruz de Cristo, adquieren
a la mirada divina un relieve y un valor inexpresables.
Los ancianos,
vivificados par la gracia de Dios, pueden ejercer
ese «sacerdocio real» de que habla San
Pedro (1 Pedr 2, 5 ), ofreciendo su vida —unidos
a Cristo— como acción de gracias, como
impetración, como reparación. La vida,
entonces, se ennoblece, y el alma descubre horizontes
de universalidad insospechados. Se puede palpar lo
certero de esta afirmación de monseñor
Escrivá de Balaguer: «Si sientes la Comunión
de los Santos —si la vives— serás
gustosamente hombre penitente. Y entenderás
que la penitencia es gaudium etsi laboriosum —alegría,
aunque trabajosa—, y te sentirás aliado
de todas las almas penitentes que han sido, y son
y serán» (Camino, n. 548~.
Es la vejez tiempo
de sufrimiento, tiempo de santidad, tiempo de hacer
el bien. Es la vejez, también, tiempo de despedida;
y en las despedidas se suelen decir las cosas más
importantes. No es la vejez —no puede ser—
tiempo de jubilación en lo que se refiere a
la ayuda humana y sobrenatural a los demás.
Aunque las circunstancias han cambiado, permanecen
en su sustancia las mismas obligaciones y los mismos
lazos entrañables que fuimos adquiriendo durante
la vida. Ningún bien nacido puede recordar
a sus padres, ya ancianos, sin conmoverse. Cuando
la muerte nos los arrebata, sentimos una irreparable
pérdida, nos duele la orfandad, aunque les
sabemos en el cielo. No es sólo la sensación
lógica de haber perdido la tierra donde hundíamos
nuestras raíces; es, por encima de eso, el
claro convencimiento de que con ellos se nos ha ido
el cariño más desinteresado, de que
hemos perdido nuestra mejor custodia. Nos damos cuenta,
quizá demasiado tarde, de que, a pesar de su
invalidez, eran nuestro mejor tesoro, de que con su
presencia nos hacían mucho bien. Nos conforta
la seguridad de que, ahora de una forma invisible,
nos siguen custodiando desde el cielo, de que conservamos
los mismos vínculos, ahora más queridos
y beneficiosos. Y nos queda el orgullo de que en ningún
momento, ni siquiera en los de su mayor postración,
nos fueron inútiles. Su rostro deseado, surcado
por las arrugas de tantos sufrimientos, es ahora una
de esas pequeñas luces que iluminan indeficientemente
la noche de nuestra vida. De su mano —que antaño
nos enseñó a andar— y de la mano
de Santa María, que es Madre del Amor Hermoso,
del temor, de la ciencia y de la santa esperanza (cfr
Eccli. 24, 24), podemos aprender —aún
en nuestra misma ancianidad— esas lecciones
que son las que más importan, las que orientan
toda la vida hacia su verdadero centro: hacia esa
Hermosura, esa Bondad y ese Poder indeficientes de
nuestro Padre-Dios; hacia esa fecundidad del espíritu
que no mengua cuando el vigor de la carne muere.

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