Viernes Santo

Según una antiquísima tradición, la Iglesia no celebra los sacramentos en este día ni el siguiente. El altar debe estar desnudo por completo: sin cruz, sin candelabros, sin manteles.

Ayuno y abstinencia se incluyen como precepto a obedecer, como lo dice el Código de Derecho Canónico en el número 1251, 1252 y 1253, en el cual los días de guardar ayuno y abstinencia son el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. Las edades son de 14 a 59 años.

El ornamento sacerdotal para esta solemnidad es color rojo.

La primera parte es la Liturgia de la Palabra y la Oración Universal. Se lee la Pasión del Señor según el Evangelio de San Juan.

La segunda parte es la Adoración de la Cruz: el leño del Calvario no es sólo un suplicio, sino sobre todo la cruz exaltada. El celebrante, los ministros y los fieles van a postrarse sucesivamente delante del crucifijo en señal de adoración de Cristo, triunfante por la Cruz.

La tercera parte es la Sagrada Comunión se distribuye únicamente a los fieles dentro de la celebración de la Pasión del Señor; a los enfermos, que no pueden participar en dicha celebración, se les puede llevar a cualquier hora del día.

La tarde del Viernes Santo presenta el drama inmenso de la muerte de Cristo en el Calvario. La cruz erguida sobre el mundo sigue en pie como signo de salvación y de esperanza. Y cada año, mientras el mundo da las vueltas de su pequeña historia, permanece la cruz, la antena de la vida, señalando con sus cuatro brazos las dimensiones del universo, como si del cielo y de la tierra, de Oriente y de Occidente todo se concentrara allí donde en Cristo todo se junta y se reconcilia. Fulget crucis mysterium! Brilla el misterio de la cruz. Con la pasión de Jesús según el Evangelio de Juan contemplamos el misterio del Crucificado, con el corazón del discípulo Amado, de la Madre, del soldado que le traspasó el costado.

Juan, teólogo y cronista de la pasión nos lleva a contemplar el misterio de la cruz de Cristo como una solemne liturgia. Todo es digno, solemne, simbólico en su narración: cada palabra, cada gesto. La densidad de su Evangelio se hace ahora más elocuente. Y los títulos de Jesús componen una hermosa Cristología. Jesús es Rey. Lo dice el título de la cruz, y el patíbulo es trono desde donde el reina. Es sacerdote y templo a la vez, con la túnica inconsútil que los soldados echan a suertes. Es el nuevo Adán junto a la Madre, nueva Eva, Hijo de María y Esposo de la Iglesia. Es el sediento de Dios, el ejecutor del testamento de la Escritura. El Dador del Espíritu. Es el Cordero inmaculado e inmolado al que no le rompen los huesos. Es el Exaltado en la cruz que todo lo atrae a sí, por amor, cuando los hombres vuelven hacia él la mirada.

La Madre estaba allí, junto a la Cruz. No llegó de repente al Gólgota, desde que el discípulo amado la recordó en Caná, sin haber seguido paso a paso, con su corazón de Madre el camino de Jesús. Y ahora está allí como madre y discípula que ha seguido en todo la suerte de su Hijo, signo de contradicción como El, totalmente de su parte. Pero solemne y majestuosa como una Madre, la madre de todos, la nueva Eva, la madre de los hijos dispersos que ella reúne junto a la cruz de su Hijo. Maternidad del corazón, que se ensancha con la espada de dolor que la fecunda. La palabra de su Hijo que alarga su maternidad hasta los confines infinitos de todos los hombres. Madre de los discípulos, de los hermanos de su Hijo. La maternidad de María tiene el mismo alcance de la redención de Jesús. María contempla y vive el misterio con la majestad de una Esposa, aunque con el inmenso dolor de una Madre. Juan la glorifica con el recuerdo de esa maternidad. Ultimo testamento de Jesús. Ultima dádiva. Seguridad de una presencia materna en nuestra vida, en la de todos. Porque María es fiel a la palabra: He ahí a tu hijo.

El soldado que traspasó el costado de Cristo de la parte del corazón, no se dio cuenta que cumplía una profecía y realizaba un último, estupendo gesto litúrgico. Del corazón de Cristo brota sangre y agua. La sangre de la redención, el agua de la salvación; La sangre es signo de aquel amor más grande, la vida entregada por nosotros, el agua es signo del Espíritu, la vida misma de Jesús que ahora, como en una nueva creación derrama sobre nosotros.


 

Via Crucis

El Vía Crucis es la devoción propagada sobre todo por los franciscanos a partir del s. XV y s. XVI; que consiste en recorrer un itinerario de representaciones, llamadas estaciones, de las etapas del camino que va del palacio de Pilato al Calvario, deteniéndose a meditar y a rezar en cada una de las estaciones.

Tal vez una de las tradiciones populares que ha tomado mucha fuerza es la representación en vivo del Vía Crucis. Sin embargo, esta tradición no substituye la liturgia del Día, pues es un mandamiento de la Iglesia que todos debemos cumplir.

El Vía Crucis, pretende reavivar en la mente y en el corazón la contemplación de los momentos supremos de la entrega de Cristo por nuestra Redención, propiciando actitudes íntimas y cordiales de compunción de corazón, confianza, gratitud, generosidad e identificación con Cristo.

«Señor mío Jesucristo, tu anduviste con tan grande amor este camino para morir por mí,y yo te he ofendido tantas veces apartándome de ti por el pecado: más ahora te amo, me arrepiento sinceramente de todas las ofensas que te he hecho. Perdóname, Señor, permíteme que te acompañe en este viaje. Vas a morir por mi amor, pues yo también quiero vivir y morir por el tuyo, amado Redentor mío. Sí, Jesús mío, quiero vivir y morir unido a ti. Amén.»

Esta costumbre viene desde finales del siglo V, cuando los cristianos en Jerusalén, se reunían por la mañana del Viernes Santo a venerar la cruz de Jesús. Volvían a reunirse al empezar la tarde para escuchar la lectura de la Pasión.

El Via Crucis es una manera de recordar la pasión de Jesús y de revivir con Él y acompañarlo en los sufrimientos que tuvo en el camino al Calvario.

Se divide en catorce estaciones que narran, paso a paso, la Pasión de Cristo desde que es condenado a muerte hasta que es colocado en el sepulcro.

El Via Crucis se reza caminando en procesión, como simbolismo del camino que tuvo que recorrer Jesús hasta el Monte Calvario. Hasta adelante, alguno de los participantes lleva una cruz grande y es el que preside la procesión. Se hacen paradas a lo largo del camino para reflexionar en cada una de las estaciones, mediante alguna lectura específica.

Si se desea, después de escuchar con atención la estación que se medita y al final de cada una, se puede rezar un Padrenuestro, mientras se camina hasta la siguiente estación. El que lleva la cruz, se la puede pasar a otra persona.

Cómo rezar el Via Crucis

 


 

Las Siete Palabras

Esta devoción consiste en reflexionar en las últimas siete frases que pronunció Jesús en la cruz, antes de su muerte.

Oración

Jesús en la Cruz aboga:
da al ladrón: lega su Madre:
quéjase: la sed le ahoga:
cumple: entrega el alma al Padre
Al Calvario hay que llegar
porque Cristo, nuestra Luz,
hoy también nos quiere hablar
desde el ara de la Cruz.

¡Virgen de dolores y Madre mía! que, como Tú, acompañe yo siempre a tu Hijo en vida, redención y muerte. Y después de glorificado en la tierra, le glorifique por toda la eternidad, junto a Él y junto a Ti. Te lo pido por tu aflicción y martirio, al pie de la Cruz. Asísteme siempre especialmente en este último momento del combate cristiano que abrirá la eternidad feliz, en compañía de tu Hijo. Así sea.

Señor pequé, Ten piedad y misericordia de mí.

Ejercicio de las Siete Palabras


 

Adoración de la Santa Cruz

Después de las oraciones entra la cruz en procesión hasta el altar. La cruz se lleva cubierta por un lienzo y se va descubriendo poco a poco, con la intención de que el cristiano vuelva a descubrir el amor de Cristo demostrado en su pasión. En ese momento los fieles se acercan a venerar la cruz. El término adoración se refiere a la Cruz como signo de la redención de Cristo porque los cristianos no adoramos un madero, adoramos a Dios y a su Hijo Jesucristo. Durante la adoración de la cruz se hace una colecta especial que se envía a Jerusalén para ayudar a la conservación y recuperación de los lugares santos de Tierra Santa.

La adoración de la Cruz era un rito peculiar de la Iglesia de Jerusalén, puesto que contaba entre sus reliquias más preciosas la cruz en la que Cristo fue crucificado. El Viernes Santo tenía lugar una ceremonia muy popular y sentida: la adoración de la Cruz. Los relatos del siglo IV con conmovedores. San Cirilo de Jerusalén nos los narra con profusión de detalles.

En un cierto momento, este rito pasa a Roma que, por su parte, celebraba la Pasión del Señor con la lectura de la Pasión, según San Juan y las conocidas oraciones solemnes del Viernes Santo.

A ello se añade entonces la adoración de la Cruz, que se ha mantenido hasta hoy, pero no es el rito más importante del Viernes Santo. La acción litúrgica sigue centrada en la Liturgia de la Palabra, cuyo momento culminante es la lectura de la Pasión del Señor, relato, memorial y actualización de la redención con el que adquiere la celebración toda su fuerza.

 


 

Improperios

Los famosos "improperios", llamados así porque en ellos Jesús reprocha a su pueblo su ingratitud. Él relata lo que ha hecho por su pueblo: lo sacó de Egipto, lo condujo a través del desierto, lo alimentó con el maná, hizo por él toda clase de portentos; en recompensa por todos esos favores, el pueblo lo trata con desprecio.

La antítesis: "Yo te saqué de Egipto, tú preparaste una cruz para tu Salvador", es usada para dar efecto a toda la composición. Entre un improperio y otro tenemos el patético estribillo: "¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido? Respóndeme", y el trisagio: "¡Santo es Dios, santo y fuerte! Santo inmortal, ten piedad de nosotros".

Cristo nos reprocha a todos, no sólo a los que lo crucificaron; pero lo hace de forma tan suave, que suscita nuestra compasión más que nuestro sentimiento de culpabilidad. Lo que se cuestiona es nuestra ingratitud y dureza de corazón. La única respuesta a esas preguntas y reproches es el beso silencioso a los pies del Señor crucificado.

Estos improperios combinan el sentimiento religioso con la percepción teológica. Porque el Cristo que llama a su pueblo es la Palabra preexistente. Como la palabra de Dios, él estaba presente y actuando a través de todas las etapas de la historia sagrada; guió a su pueblo elegido, dio forma al devenir de su historia. Jesús es la Palabra hecha carne; mientras el recuerdo de sus sufrimientos suscita nuestra compasión, no hemos de olvidar ni un momento que él es el Santo de los santos.

Leer los improperios

 


 

Procesión del Silencio

Esta procesión es una manifestación de la fe cristiana que indica la tristeza que tiene la Iglesia de ver a Cristo muerto. Es una demostración al mundo a lo que lleva el egoísmo, la soberbia y el pecado. Se ha ejecutado a un hombre justo sin causa alguna, condenado por haber mostrado a la humanidad que tanto ama Dios al hombre que se hizo hombre para a salvarle.

Podríamos considerar esta procesión como el cortejo fúnebre de Cristo. La imagen de Jesús crucificado o muerto (muchas veces conocido como el Señor del Santo Entierro) encabeza la marcha. Tras Él la Virgen María vestida de luto (la Virgen Dolorosa). Detrás el pueblo de Dios en silencio acompaña a Jesucristo y su Madre.

En algunos lugares en la procesión los cristianos hacen penitencia en señal de duelo y ofreciendo su dolor a Cristo por la remisión de sus culpas y de las culpas del mundo. Algunas personas sienten tanto dolor de ver a Cristo crucificado que van descalzos o llevan cadenas en los pies, otros se mortifican golpeándose la espalda, cargando cruces o pesados fardos de cardos.

Esta procesión termina en el templo o en alguna capilla velando a Cristo o acompañando a la Virgen dolorosa rezando el rosario.

Al igual que la Virgen, los cristianos han guardado en su corazón la experiencia de la Institución de la Eucaristía y del Sacerdocio, la Oración del Huerto, El Vía Crucis y la Muerte de Jesús. En la calma que sucede a la adoración de la Cruz la Iglesia medita y profundiza en el sacrificio redentor de Cristo. Los cristianos se sienten tristes por lo que ha sucedido el Viernes Santo pero a la vez inquietos y esperanzados al comenzar propiamente la vigilia que antecede la Pascua de Resurrección.

 


 

Los siete dolores en honor a la Madre Dolorosa

El Viernes Santo se acompaña a María en la experiencia de recibir en brazos a su Hijo muerto con un sentido de condolencia. Se dice que se le va a dar el pésame a la Virgen, cuya imagen se viste de negro ese día, como señal de luto.

Acompañamos a María en su dolor profundo, el dolor de una madre que pierde a su Hijo amado. Ha presenciado la muerte más atroz e injusta que se haya realizado jamás, pero al mismo tiempo le alienta una gran esperanza sostenida por la fe. María vio a su hijo abandonado por los apóstoles temerosos, flagelado por los soldados romanos, coronado con espinas, escupido, abofeteado, caminando descalzo debajo de un madero astilloso y muy pesado hacia el monte Calvario, donde finalmente presenció la agonía de su muerte en una cruz, clavado de pies y manos.

María saca su fortaleza de la oración y de la confianza en que la Voluntad de Dios es lo mejor para nosotros, aunque nosotros no lo comprendamos.

Meditación de los siete dolores en honor a la Madre Dolorosa

 


 

Fuentes: Churchforum.org, Catholic.net, Ewtn.org