Jueves
Santo
El Jueves Santo es uno de los días más llenos de
celebraciones litúrgicas y religioso-populares.
Incluso este día por la mañana
en todas las Iglesias Catedrales los obispos que son, como dice
el Concilio, "los principales administradores de los misterios
de Dios, que regulan, promueven y custodian toda la vida litúrgica
de la Iglesia que les ha sido confiada", celebran una misa
muy solemne con todos los sacerdotes ("el presbiterio"
de sus diócesis) y en ella los sacerdotes con un solo corazón
y una sola alma renuevan sus promesas y su obediencia al Obispo.
En esta Misa se consagran los óleos,
es decir, los aceites que se emplean en diversos sacramentos: para
el bautismo, la confirmación, la ordenación sacerdotal,
la unción de los enfermos.
La consagración de los óleos
se celebra precisamente este día para indicar que todos los
sacramentos nos relacionan con el Misterio Pascual de Jesús
y que todos los sacramentos tienen su culmen y su Centro en la Eucaristía.
El Jueves Santo es como una "profecía"
de la Pascua, es decir, en la Última Cena Jesús vivió
conscientemente y de manera anticipada su Pasión y Muerte
y en ese momento puso en claro el para qué iba a morir, el
por qué aceptaba voluntaria y libremente la muerte cruenta.
Los primeros datos que tenemos de que el Jueves Santo se celebra
la Misa recordando la Cena del Señor los tenemos por el Concilio
de Cartago en el año 397 y por lo que cuenta Egeria que fue
una peregrina o turista que visitó Jerusalén y que
dejó escrito todo lo que allí se celebraba.
Antes, este día era perfectamente
un día en que los penitentes celebraban su reconciliación
para poder participar ya de lleno en la Pascua.
Son muchos los grandes "acontecimientos
salvíficos" que hoy se recuerdan en la vida de Cristo
Jesús:
- Su Cena de despedida y su gran Oración por nosotros.
- La Institución de la Eucaristía o Santa Misa
como memorial o recuerdo suyo.
- La Institución del Ministerio (servicio) como parte
esencial de su Iglesia.
- Su Testamento: el mandato de amar hasta la Muerte.
- El ofrecimiento, anticipado y consciente, de su vida, de su
Cuerpo y Sangre, para salvación del mundo.
- El juicio de su Pasión, la traición de Judas,
el abandono de sus amigos, la oración del huerto, su noche
amarga.
P. Alfonso Díaz de Sollano SDB
La
cena de pascua en tiempos de Jesús
Hace miles de años, los judíos vivían en la
tierra de Canaán, pero sobrevino una gran carestía
y tuvieron que mudarse a vivir a Egipto, donde el faraón
les regaló unas tierras fértiles donde pudieran vivir,
gracias a la influencia de un judío llamado José,
conocido como El soñador.
Después de muchos años, los israelitas se multiplicaron
muchísimo en Egipto y el faraón tuvo miedo de que
se rebelaran contra su reino. Ordenó matar a todos los niños
varones israelitas, ahogándolos en el río Nilo. Moisés
logró sobrevivir a esa matanza, pues su madre lo puso en
una canasta en el río y fue recogido por la hija del faraón.
El faraón convirtió en esclavos a los israelitas,
encomendándoles los trabajos más pesados.
Dios eligió a Moisés para que liberara a su pueblo
de la esclavitud. Como el faraón no accedía a liberarlos,
Dios mandó caer diez plagas sobre Egipto.
La última de esas plagas fue la muerte de todos los primogénitos
del reino.
Para que la plaga no cayera sobre los israelitas, Dios ordenó
a Moisés que cada uno de ellos marcara la puerta de su casa
con la sangre de un cordero y le dio instrucciones específicas
para ello: En la cena, cada familia debía comerse entero
a un cordero asado sin romperle los huesos. No debían dejar
nada porque al día siguiente ya no estarían ahí.
Para acompañar al cordero debían comerlo con pan ázimo
y hierbas amargas. La hierbas amargas ayudarían a que tuvieran
menos sed, ya que tendrían que caminar mucho en el desierto.
El pan al no tener levadura no se haría duro y lo podían
llevar para comer en el camino. Les mandó comer de pie y
vestidos de viaje, con todas sus cosas listas, ya que tenían
que estar preparados para salir cuando les avisaran.
Al
día siguiente, el primogénito del faraón y
de cada uno de los egipcios amaneció muerto. Esto hizo que
el faraón accediera a dejar a los israelitas en libertad
y éstos salieron a toda prisa de Egipto. El faraón
pronto se arrepintió de haberlos dejado ir y envió
a todo su ejército para traerlos de nuevo. Dios ayudó
a su pueblo abriendo las aguas del mar Rojo para que pasaran y las
cerró en el momento en que el ejército del faraón
intentó pasar.
Desde ese día los judíos empezaron a celebrar la
pascua en la primera luna llena de primavera, que fue cuando Dios
los ayudó a liberarse de la esclavitud en Egipto.
Pascua quiere decir “paso”, es decir, el paso de la
esclavitud a la libertad. El paso de Dios por sus vidas.
Los judíos celebran la pascua con una cena muy parecida
a la que tuvieron sus antepasados en la última noche que
pasaron en Egipto.
Las fiesta de la pascua se llamaba “Pesaj” y se celebraba
en recuerdo de la liberación del pueblo judío de la
esclavitud de Egipto. Esto lo hacían al llegar la primavera,
del 15 al 21 del mes hebreo de Nisán, en la luna llena.
Los elementos que se utilizaban en la cena eran
los siguientes:
- El Cordero: Al salir de Egipto, los judíos
sacrificaron un cordero y con su sangre marcaron los dinteles
de sus puertas.
- Karpas: Es una hierba que se baña en
agua salada y que recuerda las miserias de los judíos en
Egipto.
- Naror: Es una hierba amarga que simboliza los
sufrimientos de los hebreos durante la esclavitud en Egipto. Comían
naror para recordar que los egipcios amargaron la vida sus antepasados
convirtiéndolos en esclavos.
- Jarose: Es una mezcla de manzana, nuez, miel,
vino y canela que simboliza la mezcla de arcilla que usaron los
hebreos en Egipto para las construcciones del faraón.
- Matzá: Es un pan sin levadura que simboliza
el pan que sacaron los hebreos de Egipto que no alcanzó
a fermentar por falta de tiempo.
- Agua salada: Simboliza el camino por el Mar
Rojo.
- Cuatro copas de vino: Simbolizan cuatro expresiones
Bíblicas de la liberación de Israel.
- Siete velas: Alumbran, dan luz. Esta simbolizan
la venida del Mesías, luz del mundo.
La
cena constaba de ocho partes:
1. Encendido de las luces de la fiesta: El que
presidía la celebración encendía las velas,
todos permanecían de pie y hacían una oración.
2. La bendición de la fiesta (Kiddush):
Se sentaban todos a la mesa. Delante del que presidía la
cena, había una gran copa o vasija de vino.
Frente a los demás miembros de la familia había un
plato pequeño de agua salada y un plato con matzás,
rábano o alguna otra hierba amarga, jaroses y alguna hierba
verde.
Se servía la primera copa de vino, la copa de acción
de gracias, y les daban a todos los miembros de la familia. Todos
bebían la primera copa de vino. Después el sirviente
presentaba una vasija, jarra y servilleta al que presidía
la celebración, para que se lavara sus manos mientras decía
la oración. Se comían la hierba verde, el sirviente
llevaba un plato con tres matzás grandes, cada una envuelta
en una servilleta. El que presidía la ceremonia desenvolvía
la pieza superior y la levantaba en el plato.
3. La historia de la salida de Egipto (Hagadah):
Se servían la segunda copa de vino, la copa de Hagadah. Alguien
de la familia leía la salida de Egipto del libro del Éxodo,
capítulo 12. El sirviente traía el cordero pascual
que debía ser macho y sin mancha y se asaba en un asador
en forma de cruz y no se le podía romper ningún hueso.
Se colocaba delante del que presidía la celebración
les preguntaba por el significado de la fiesta de Pesaj. Ellos respondían
que era el cordero pascual que nuestros padres sacrificaron al Señor
en memoria de la noche en que Yahvé pasó de largo
por las casas de nuestros padres en Egipto. Luego tomaba la pieza
superior del pan ázimo y lo sostenía en alto. Luego
levantaba la hierba amarga.
4.Oración de acción de gracias por la salida
de Egipto: El que presidía la ceremonia levantaba
su copa y hacía una oración de gracias. Colocaba la
copa de vino en su lugar. Todos se ponían de pie y recitaban
el salmo 113.
5. La solemne bendición de la comida: Todos
se sentaban y se bendecía el pan ázimo y las hierbas
amargas. Tomaba primero el pan y lo bendecía. Después
rompía la matzá superior en pequeñas porciones
y distribuía un trozo a cada uno de los presentes. Ellos
lo sostenían en sus manos y decían una oración.
Cada persona ponía una porción de hierba amarga y
algo de jaroses entre dos trozos de matzá y decían
juntos una pequeña oración.
6. La cena pascual: Se llevaba a cabo la cena.
7. Bebida de la tercera copa de vino: la copa
de la bendición.- Cuando se terminaban la cena, el que presidía
tomaba la mitad grande de la matzá en medio del plato, la
partía y la distribuía a todos los ahí reunidos.
Todos sostenían la porción de matzá en sus
manos mientras el que presidía decía una oración
y luego se lo comían. Se les servía la tercera copa
de vino, “la copa de la bendición”. Todos se
ponían de pie y tomaban la copa de la bendición.
8. Bendición final: Se llenaban las copas
por cuarta vez. Esta cuarta copa era la “Copa de Melquisedec”.
Todos levantaban sus copas y decían una oración de
alabanza a Dios. Se las tomaban y el que presidía la ceremonia
concluía la celebración con la antigua bendición
del Libro de los Números (6, 24-26).
Homilía
del Jueves Santo
Lecturas: Libro del Éxodo
12, 1-8. 11-14; Primera carta del apóstol San Pablo a los
corintios 11, 23-26; Evangelio según San Juan 13, 1-15.
En la tarde del Jueves Santo la Iglesia se reúne en oración
para celebrar la Cena del Señor. Es la Cena del Señor
y del Esposo, Cena de Pascua y de adiós. Cena que proyecta
su misterio hasta el Calvario, hasta la victoria de la resurrección,
hasta la vida de la Iglesia a través de los tiempos, hasta
que él vuelva.
Una vez más sentimos la verdad del misterio que se renueva,
de los dones que Cristo nos ha preparado para siempre. Y el jueves
Santo se inscribe no en el pasado de aquel año en que Jesús
murió, sino en la perenne presencia de un misterio que da
sentido a nuestra vida.
Tres son los dones que Jesús nos dejó en esa noche
y que son nuestra riqueza hasta que el vuelva.
El primero es el de la Eucaristía. Pan y vino en sus manos
se nos dan como cuerpo y sangre suyos, memorial de su pasión
y por lo tanto presencia, ofrenda sacrificial y banquete de comunión.
Cristo no se ha quedado en el pasado. Se nos ha infiltrado en el
presente, es compañía perenne de nuestro camino. Tan
frágil es el signo sacramental y tan lleno de sentido, pues
es presencia personal de Cristo. Para que no se nos borre de la
memoria su entrega, no tengamos excusa de olvidarlo porque se fue
de entre nosotros. Para que la intimidad de aquella noche de pasión,
pueda ser revivida cada día y dé sentido a nuestra
vida. Pascua de cada día. Y una vez al año, la memoria
de aquella Cena, la noche en que Jesús iba a ser entregado,
él mismo voluntariamente se nos entregó.
Hay
otro don que está en función de la Eucaristía
y de sus efectos salvadores, el sacerdocio. Aquella noche, recuerda
la doctrina de la Iglesia, Jesús constituyó sacerdotes
a los apóstoles, los capacitó para hacer presente
el misterio mismo de la pascua suya: Haced esto como memorial mío.
Era un don, como el de la Eucaristía. Era una gracia, al
servicio de esa presencia, que sólo en su nombre se puede
evocar y actualizar. Por eso el sacerdote se siente vinculado a
la Eucaristía, a su servicio; y es un hombre eucarístico,
marcado por su servicio en favor del pueblo de Dios. Para ofrecer
a Dios y dar el pan de la vida, y el perdón, y la palabra.
Todo aquello que de la Eucaristía deriva y a la Eucaristía
conduce. Para ser, como Jesús, Siervo y Esposo de la Iglesia,
y reunir en la unidad a todos los hijos de Dios.
El tercer don es el mandamiento nuevo del amor. Tan nuevo que
lo estrenó Jesús; tan original que lo hizo típicamente
suyo. Y le dio la medida máxima, hasta dar la vida por nosotros.
Nos reveló un estilo de vida, un signo evidente de nuestra
vinculación a él. Lo proclamó santo y seña
de sus discípulos. Un amor que viene de la Eucaristía,
por imitación en la entrega y por la efusión de su
Espíritu de amor, sin el cual no seríamos capaces
de amar.
La
Misa Crismal
La Misa Crismal que celebra el obispo con todos los presbíteros
de la diócesis, es una de las principales manifestaciones
de la plenitud sacerdotal del Obispo y como signo de la unión
estrecha de los presbíteros con él. En ella se consagra
el Santo Crisma y se bendicen los óleos de los catecúmenos
y de los enfermos.
El Santo Crisma, es decir el óleo perfumado que representa
al mismo Espíritu Santo, nos es dado junto con sus carismas
el día de nuestro bautizo y de nuestra confirmación
y en la ordenación de los diáconos, sacerdotes y obispos.
La palabra crisma proviene de latín: chrisma, que significa
unción. Así se llama ahora al aceite y bálsamo
mezclados que el obispo consagra este Jueves Santo por la mañana
para ungir a los nuevos bautizados y signar a los confirmados. También
son ungidos los Obispos y los sacerdotes en el día de su
ordenación sacramental.
La liturgia cristiana ha aceptado el uso del Antiguo Testamento,
en el que eran ungidos con el óleo de la consagración,
los reyes, sacerdotes y profetas, ya que ellos prefiguraban a Cristo,
cuyo nombre significa "el ungido del Señor". El
crisma se hace con aceite y aromas o materia olorosa para significar
"el buen olor de Cristo" que deben despedir los bautizados.
Con el óleo de los catecúmenos se extiende el efecto
de los exorcismos, pues los bautizados se vigorizan, reciben la
fuerza divina del Espíritu Santo, para que puedan renunciar
al mal, antes de que renazcan de la fuente de la vida en el bautizo.
Este aceite es un jugo untuoso de color verde amarillento que se
extrae del olivo o de otras plantas.
El óleo de los enfermos, cuyo uso atestigua el apóstol
Santiago, remedia las dolencias de alma y cuerpo de los enfermos,
para que puedan soportar y vencer con fortaleza el mal y conseguir
el perdón de los pecados. El aceite simboliza el vigor y
la fuerza del Espíritu Santo. Con este óleo el Espíritu
Santo vivifica y transforma nuestra enfermedad y nuestra muerte
en sacrificio salvador como el de Jesús.
Por lo general antes de comenzar la celebración de la Cena
del Señor se reciben solemnemente estos Santo Óleos
consagrados en la Misa Crismal celebrada en la mañana por
el Obispo reunido con el presbiterio. En una procesión solemne
los óleos son llevados en tres ánforas preciosas que
se guardan en un lugar previamente destinado dentro de la Iglesia.
Institución
de la Eucaristía
La Santa Misa es la celebración de la Cena del Señor
en la cuál Jesús, un día como hoy, la víspera
de su pasión, "mientras cenaba con sus discípulos
tomó pan..." (Mt 28, 26)
El quiso que, como en su última Cena, sus discípulos
nos reuniéramos y nos acordáramos de Él bendiciendo
el pan y el vino: "hagan esto en memoria mía" (Lc
22,19).
Antes de ser entregado, Cristo se entrega como alimento.
Sin embargo, en esa Cena, el Señor Jesús celebra
su muerte: lo que hizo, lo hizo como anuncio profético y
ofrecimiento anticipado y real de su muerte antes de su Pasión.
Por eso "cuando comemos de ese pan y bebemos de esa copa, proclamamos
la muerte del Señor hasta que vuelva" (1 Cor 11, 26).
De aquí que podamos decir que la Eucaristía es memorial
no tanto de la Ultima Cena, sino de la Muerte de Cristo que es Señor,
y "Señor de la Muerte", es decir, el Resucitado
cuyo regreso esperamos según lo prometió El mismo
en su despedida: " un poco y ya no me veréis y otro
poco y me volveréis a ver" (Jn 16,16).
Como dice el prefacio de este día: "Cristo verdadero
y único sacerdote, se ofreció como víctima
de salvación y nos mandó perpetuar esta ofrenda en
conmemoración suya".
Pero esta Eucaristía debe celebrarse con características
propias: como Misa "en la Cena del Señor".
En esta Misa, de manera distinta a todas las demás Eucaristías,
no celebramos "directamente" ni la muerte ni la Resurrección
de Cristo. No nos adelantamos al Viernes Santo ni a la Noche de
Pascua.
Hoy celebramos la alegría de saber que esa muerte del Señor,
que no terminó en el fracaso sino en el éxito, tuvo
un por qué y para qué: fue una "entrega",
un "darse", fue "por algo" o, mejor dicho, "por
alguien" y nada menos que por "nosotros y por nuestra
salvación" (Credo). "Nadie me quita la vida, había
dicho Jesús, sino que Yo la entrego libremente. Yo tengo
poder para entregarla." (Jn 10,16), y hoy nos dice que fue
para "remisión de los pecados" (Mt 26,28).
Por
eso esta Eucaristía debe celebrarse lo más solemnemente
posible, pero, en los cantos, en el mensaje, en los signos, no debe
ser ni tan festiva ni tan jubilosamente explosiva como la Noche
de Pascua, noche en que celebramos el desenlace glorioso de esta
entrega, sin el cual hubiera sido inútil; hubiera sido la
entrega de uno más que muere por los pobre y no los libera.
Pero tampoco esta Misa está llena de la solemne y contrita
tristeza del Viernes Santo, porque lo que nos interesa "subrayar";
en este momento, es que "el Padre nos entregó a su Hijo
para que tengamos vida eterna" (Jn 3, 16) y que el Hijo se
entregó voluntariamente a nosotros independientemente de
que se haya tenido que ser o no, muriendo en una cruz ignominiosa.
Hoy hay alegría y la iglesia rompe la austeridad cuaresmal
cantando el "gloria": es la alegría del que se
sabe amado por Dios, pero al mismo tiempo es sobria y dolorida,
porque conocemos el precio que le costamos a Cristo. Podríamos
decir que la alegría es por nosotros y el dolor por Él.
Sin embargo predomina el gozo porque en el amor nunca podemos hablar
estrictamente de tristeza, porque el que da y se da con amor y por
amor lo hace con alegría y para dar alegría.
Podemos decir que hoy celebramos con la liturgia (1a Lectura).
La Pascua, pero la de la Noche del Exodo (Ex 12) y no la de la llegada
a la Tierra Prometida (Jos. 5, 10-ss).
Hoy inicia la fiesta de la "crisis pascual", es decir
de la lucha entre la muerte y la vida, ya que la vida nunca fue
absorbida por la muerte pero si combatida por ella. La noche del
sábado de Gloria es el canto a la victoria pero teñida
de sangre y hoy es el himno a la lucha pero de quien lleva la victoria
porque su arma es el amor.
Lavatorio
de pies
Entre los detalles que hacen diferente a la Misa de la Celebración
de la Cena del Señor a otras misas durante el año
es que en esta se incluye una parte donde se lavan los pies a los
apóstoles representado por doce niños o ancianos de
la comunidad. En esta parte de la misa resalta la importancia tan
grande que tiene el servicio al prójimo.
Pero antes de comenzar la Cena Cristo "... sabiendo que el
Padre le había puesto todo en sus manos y que había
salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se
quita sus vestidos y , tomando una toalla , se la ciñó.
Luego echó agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies
de los discípulos y a secárselos con la toalla con
que estaba ceñido." (Jn 13 3-5).
Al igual que los apóstoles, en especial San Pedro, nos
quedamos asombrados, como Cristo que tiene todo el poder y que es
Dios se pone al servicio del hombre. Un Dios que lava los pies a
su criatura. La realidad es que Dios mismo quiere recordarnos que
la grandeza de todo cuanto existe no reside en el poder y en el
sojuzgar a otro, sino en la capacidad de servir y al darse dicho
servicio se da gloria a Dios. Cristo mismo ya se lo había
dicho a los discípulos: "... el que quiera llegar a
ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que
quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos,
que tampoco el Hijo del Hombre ha venido a ser servido si no a servir
y a dar su vida como rescate por muchos." (Mc 10, 43-45).
Con esto queda muy clara la misión de la Iglesia en el
mundo: servir. "Porque os he dado ejemplo, para que también
vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros" (Jn 13,
15) La Iglesia siguiendo el ejemplo de Cristo está al servicio
de la humanidad. Por tanto todos aquellos que formamos la Iglesia
estamos llamados a servir a los que nos rodean.
El
amor que Dios nos manifiesta debe convertirse en servicio que dé
testimonio de su presencia entre nosotros. El cristiano siguiendo
el "amaos los unos a los otros como yo os he amado" (Jn
15 12) debe ser como esa levadura que transforma al mundo para que
este se renueve y se transforme. El egoísmo del hombre se
vence con la entrega generosa a los demás. En el servicio
resida la verdadera realización personal y la felicidad.
Solo el que se dio triunfó.
Si vivimos con profundidad la ceremonia nos daremos cuenta de
que Cristo se pone al servicio del Padre para salvar al hombre ofreciendo
su propia vida como rescate, bien podríamos decir que esta
es su misión. Con el "también vosotros hagáis
como yo he hecho con vosotros" Cristo confiere en especial
a ese grupo de discípulos conocidos como apóstoles
su propia misión, especialmente el consagrar el pan y el
vino en su Cuerpo y Sangre para la remisión de los pecados
al decir "haced esto en memoria mía". Es en este
momento en el que Cristo designa a este grupo como sacerdotes, es
decir instituye el sacerdocio. Cada uno de estos hombres a partir
de este momento es copartícipe de la misión de Cristo:
salvar al hombre por medio de la entrega total al servicio de Dios.
Este es otro de los grandes dones que en el primer Jueves Santo
Dios hace a la humanidad. Cristo desde entonces ha escogido y preparado
a una serie de hombres para que siguiendo el ejemplo de Cristo se
pongan al servicio de Dios para salvar a la humanidad, impartiendo
los sacramentos por Dios instituidos (especialmente la Eucaristía)
y guíen con la vivencia de su sacerdocio al pueblo de Dios
por el camino de la salvación.
El mundo, especialmente en los albores de un nuevo milenio vive
sumido en las tinieblas del egoísmo de una cultura de la
muerte. El Jueves Santo es un día en el que Dios nos invita
por medio del servicio a ser esas lámparas que lleven la
luz de Cristo al mundo. También este día debemos reconocer
el amor de todos esos hombres que deciden dejarlo todo por seguir
a Cristo en la entrega total al servicio de los demás: religiosas,
religiosos, misioneros, hombres y mujeres consagrados a Dios. Pero
especialmente celebrar y pedir a Dios por aquellos que con su vida
comparten la misión de Cristo y nos administran los sacramentos:
los sacerdotes. Pedir por su santidad y fidelidad al servicio de
Cristo. No debemos olvidar pedir por mas vocaciones a la vida consagrada
y al sacerdocio, pedir por mas hombres y mujeres que tengan por
vocación la entrega total al servicio de Jesucristo y de
su Iglesia.
Visita
a las Siete Casas
Se acostumbra, después de la Misa vespertina, hacer un monumento
para resaltar la Eucaristía y exponerla de una manera solemne
para la adoración de los fieles.
La Iglesia pide dedicar un momento de adoración y de agradecimiento
a Jesús, un acompañar a Jesús en la oración
del huerto. Es por esta razón que las Iglesias preparan sus
monumentos. Este es un día solemne.
La "Visita de las Siete Casas" es una costumbre popular
que consiste en visitar siete lugares donde esté el Santísimo
Sacramento expuesto el Jueves Santo.
Esta costumbre tiene como los demás elementos de nuestro
catolicismo popular, grandes valores cristianos y humanos que hay
que saber conservar y profundizar.
Además de crear un ambiente de meditación en la
entrega de Jesús por nosotros (entrega en la Eucaristía
y en su Pasión), ayuda a que las familias o los grupos de
amigos se unan en una especie de peregrinación y de recuerdo
de Jesús, que fue llevado de un lado a otro en su pasión.
En la visita de las siete iglesias o siete templos, se acostumbra
llevar a cabo una breve oración en la que se dan gracias
al Señor por todo su amor al quedarse con nosotros. Esto
se hace en siete templos diferentes y simboliza el ir y venir de
Jesús en la noche de la traición. Es a lo que refieren
cuando dicen “traerte de Herodes a Pilatos”.
Generalmente se realiza yendo a visitar siete templos cercanos;
recordando en cada templo el camino de la Pasión de Jesucristo
frente al Tabernáculo. En cada visita se hace una oración
comunitaria y luego se deja un tiempo a la oración personal,
de acuerdo al siguiente esquema:
Para
iniciar el recorrido de las visitas
Por la señal de la Santa Cruz…
Señor mío Jesucristo Dios y hombre verdadero, Creador
y Redentor mío, por ser vos quien sois, y porque os amo sobre
todas las cosas me pesa de todo corazón el haberte ofendido,
quiero, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta,
os ofrezco mi vida, obras y trabajos en satisfacción de todos
mis pecados, así como os suplico, y os confío por
los méritos de vuestra preciosísima Sangre, Pasión
y Muerte: que me los perdonaréis y me daréis gracia
para nunca más pecar. Amén.
Alma de Cristo, santifícame
Cuerpo de Cristo, sálvame
Sangre de Cristo, embriágame
Agua del costado de Cristo, lávame
Pasión de Cristo, confórtame
¡Oh mi buen Jesús!, óyeme
Dentro de tus llagas, escóndeme
No permitas que me aparte de Ti
Del maligno enemigo, defiéndeme
En la hora de mi muerte, llámame
Y mándame ir a Ti
Para que con tus Santos te alabe
Por los siglos de los siglos. Amén
Artículo de la Diócesis
de Toluca a las familias para la Visita a las Siete Casas
«Se trata de una celebración familiar, cuyo sentido
se inició en Roma, consiste en visitar siete iglesias, recordando
los siete momentos del juicio de Jesús, también se
puede hacer en la mismo templo, entrar siete veces, para hacer oración
y no para tomarlo como un festejo como muchos acostumbran.
Este Jueves Santo en que se inicia el Triduo Pascual, la Iglesia
invita a los laicos a celebrar la institución del más
grande de los sacramentos, la Eucaristía, participando en
la misa vespertina y después si la gente tiene la devoción
y voluntad a honrar a Jesús en los monumentos que se colocan
en los templos.
La
gente que acostumbra realizar la visita de las “Siete Casas”,
recuerda los siguientes pasajes bíblicos: primero, el recorrido
por Jesús desde el lugar de la Ultima Cena, hasta el Huerto
de los Olivos; segundo, del huerto a la casa de Anás; tercero,
de ahí a la casa de Caifás; cuarto, el tránsito
al pretorio de Pilato; quinto, de Pilato a la casa del Rey Herodes;
sexto, cuando es llevado por segunda vez ante Pilato y séptimo,
el recorrido hacia el Calvario con la Cruz a cuestas.
La recomendación de la iglesia es que en este caminar se
medite y se viva la pasión de Jesús, la forma en que
se llevó a cabo el misterio de nuestra salvación y
no quede en un acto de excursionismo en el que se consumen antojitos
al por mayor.
En la liturgia del Jueves Santo, se recuerda también la
Última Cena, en la que los sacerdotes resaltan el momento
de la institución de la Eucaristía, por eso después
de la misa vespertina, se hace un monumento para resaltar la hostia
consagrada y se ofrece de una manera solemne a la adoración
de los fieles.
Por tal motivo, la gente que realiza la visita de las “Siete
Casas, debe tomar en consideración que en el monumento se
encuentra Jesús y acompañarlo con la oración
para no caer en tentación.»
Monseñor Guillermo Fernández Orozco
Fuentes: Churchforum.org, DiocesisToluca.org.mx,
Catholic.net
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